Liberando

En la vida se aprende, que al final todo pasa, nada es permanente, el dolor no es para siempre.

Que las cosas pasan y la gente viene y va, que nadie es indispensable.

Que estamos en un juego virtual donde todo es un reto de aprender a ser feliz y perdonar.

Que una sonrisa lo alivia todo, un abrazo fortalece, un respiro da un nuevo comienzo.

Que la mejor cura para un corazón roto es el tiempo y que no se muere de amor pero tampoco se vive sólo de el.

Que hay que ser honesto con uno mismo, equilibrar la mente y la razón, decir siempre la verdad.

Que lo que no se suelta del pasado permanecerá como lastre en el presente impidiendo disfrutar el futuro.

Como dice el H’oponopono:
Amar, Perdonar, Agradecer y Soltar.

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Madurez

Una vez de viaje por un frío país del norte europeo, iba con dos amigas más caminando por las calles riendo estruendosamente, de esas veces que hasta cuesta caminar de la tremenda risa.

Pudimos percibir que la gente se nos quedaba viendo no muy amablemente, hasta que nos enteramos que en ese país sólo los niños se pueden reír de esa forma en la calle (y ya hasta dudé de ellos también) jamás los adultos y en público.

Cada cultura es diferente, tiene sus propios cánones de comportamiento, sin embargo, disfrutar de la vida sin olvidar “el niño” que llevamos dentro diría que incluso es saludable. Es cuestión de saber cuándo y donde comportarse.

La madurez es una mezcla de inteligencia emocional, prudencia y fluidez. De lo contrario, se puede pecar de rigidez e inflexibilidad.

Feliz día para reír como niños y columpiarse con la vida.

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